Ciclo de vida de los productos: cómo se certifica



La norma ISO 14001 establece una serie de criterios para definir el Ciclo de Vida de los productos o servicios de una compañía, entendiendo como tal al conjunto de fases interrelacionadas por las que éstos pasan: desde la selección de las materias primas hasta el fin de su vida funcional.

 

 

Uno de los principales objetivos de la norma es analizar los impactos en el medio ambiente que los productos y/o servicios tienen durante su vida útil.

La implantación de un Sistema de Gestión Ambiental en base a la norma ISO 14001 ofrece a las empresas de todos los tamaños y sectores de actividad la oportunidad de sistematizar de una forma sencilla los aspectos ambientales que se generan con su actividad. Gracias a ella, pueden posicionarse en el mercado como una organización socialmente responsable, reforzando así de forma muy positiva su imagen ante los clientes.

Por lo tanto, se trata de una norma con múltiples beneficios a nivel ambiental y económico. Desde el punto de vista del medio ambiente, cumplir con los requisitos de la norma ISO 14001 se traduce en reducir los impactos ambientales y optimizar la gestión de residuos.

En lo que respecta a las ventajas económicas, además de potenciar la productividad y la innovación, las organizaciones pueden ahorrar costes operativos, eliminar barreras a la exportación, tener mayor acceso a diferentes líneas de financiación y disminuir los riesgos laborales.

¿Cuáles son las fases del ciclo de vida de un producto?

Para analizar y reducir los riesgos ambientales del ciclo de vida de un producto, es importante conocer cuáles son las diferentes fases.

  1. Diseño: todo comienza con el diseño del producto. Se trata de la etapa más importante y la que más tiempo lleva ya que de ella dependen todas las fases posteriores.
  2. Selección: una vez realizado el diseño, hay que seleccionar cuidadosamente las materias primas en base a una serie de criterios medioambientales.
  3. Fabricación: una de las etapas más críticas es la de la fabricación. Las compañías deben hacer un esfuerzo por reducir las emisiones de CO2 para contribuir a la lucha contra el cambio climático.
  4. Envasado y embalaje: cuando el producto ya ha sido fabricado, hay que embalarlo. Aunque muchas veces se pasa por alto, el embalaje es el mayor generador de residuos por unidad de producto. Cada vez son más las organizaciones que eligen utilizar materiales reciclables y biodegradables.
  5. Distribución: existen un gran número de medios de transporte para hacer llegar los productos a los clientes. En su compromiso por el cuidado del medio ambiente, existe una apuesta clara por la logística eco-friendly por parte de las organizaciones. Además de una considerable reducción de la contaminación ambiental, se necesitan menos recursos para llevar a cabo los procesos productivos y de distribución.
  6. Uso: las empresas poco pueden hacer para que los consumidores hagan uso de sus productos de una forma sostenible. Sin embargo, para incentivar esta práctica conviene incluir una guía de buenas prácticas medioambientales.
  7. Mantenimiento: utilizar de manera adecuada los productos alarga su vida útil, de manera que éstos son más eficientes y tardan más tiempo en convertirse en residuos.
  8. Fin de la vida útil: tarde o temprano, todos los productos tienen un final de vida, cuando pasan a ser un residuo. Para su correcto tratamiento, se pueden realizar tareas de reciclaje.

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